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El abismo de enero sin dinero

Becaria escribe sobre la cuesta de enero y los problemas económicos tras las fiestas a los que se enfrentan muchas personas.

El abismo de enero sin dinero

El abismo de enero sin dinero Pixabay

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Sin un euro ni para tomar una tila en la cafetería del Congreso de los Diputados, así acabamos diciembre y así empezamos el año, lo de todos los eneros. Después de hacer gastos navideños por encima de las posibilidades, toca pagar créditos con comisiones infladas como muñecas de despedida de soltero de cincuenta euros, el impuesto revolucionario del postureo, de angustias en rebajas, del quiero y no puedo.

Son tiempos de reducir gastos. El ciudadano de clase media emocional está borrándose de Netflix porque suben precios y bajan los privilegios; hay también gente retirando su suscripción de Amazon Prime porque los envíos ya cuestan más que ir andando descalzo a por ellos. Todos queremos que nos paguen por trabajar y que suban los sueldos proporcionalmente a la subida de los precios, pero no queremos asumir el coste del trabajo ajeno. Ser rata es una forma de llevar la vida tan válida como cualquier otra.

Los alquileres de pisos decentes y pisos infames suben las rentas a niveles de trastero de Elon Musk, de garaje de Bill Gates, de mansión de actor hollywoodiense. El gotelé, los retretes preindustriales y el mueble heredado de la tatarabuela en comunidades de vecinos con ascensor de jaula se revalorizan y se vuelven inalcanzables. Vivir es morir, no hay dónde caerse muerto sin que te salga por un ojo de la cara post mortem.

Los otros, los millonetis, nunca tienen abismos de enero y su preocupación siempre es comprarse una mansión, un yate, un edificio y darle a la especulación. A la marquesa de Griñón nunca le cuesta un riñón tomarnos el pelo, cuando los mortales tienen otras preocupaciones terrenales y menos espirituales que ir a la misa del pavo, o del gallo, según la vertiente cristiana, país, congregación y municipio. Rezar es de tiesos intelectuales, pobres morales y de ociosos con dinero. Orar a Dios siendo pobre alcanza otra dimensión sin desplazarte del sitio y con los bolsillos igual de vacíos.

Viajar en bus y en tren, transporte público como sardinas en lata, ahora se anuncia que será algo más barato para el populacho y no habrá quien consiga un triste billete de última hora porque el vicio de lo gratis se antepondrá a lo importante. Cuando colapsemos, recordemos que los ricos seguirán sin tener abismos. Pero algunos pobres seguirán preocupados por el impuesto de sucesiones de quienes tienen pasta, que ni les va ni les viene porque apenas les llegará para beneficiarse de las ofertas del 3x2 del supermercado y el bonotrén gratis.

Nada bien, todo mal. En el abismo de enero florecen como hongos en la humedad las ratas de Wallapop que te regatean en cosas baratas, que te suplican una rebaja de dos euros en una palangana, que junto con unas esponjas del chino, usarán para sacudirse las lágrimas.

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