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@BECARIA_

El delirio de parir en casa

Becaria escribe sobre la moda actual de parir en casa, algo que se ha hecho toda la vida por falta de recursos económicos, sanitarios y técnicos.

Mujer embarazada

Pixabay Mujer embarazada

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Parir en casa como se ha hecho toda la vida por falta de recursos económicos, sanitarios y técnicos es, actualmente, una moda espiritual, y también en algunos casos, una reivindicación frente a la violencia obstétrica en los hospitales. Se ha vuelto a poner sobre la mesa esta tendencia que roza el delirio, por el reciente fallecimiento de un bebé en Ibiza en un parto casero, y asistido por un médico, al parecer, inhabilitado por negacionista del Covid. Un fatídico final para el neonato que quizás podría haberse evitado haciendo uso de los medios con los que contamos en nuestro país en el siglo XXI.

En los tiempos que corren, dar a luz en casa es una opción elegida por una minoría de mujeres que, en muchos casos, son afines al mundo happy flower de la meditación, el reiki, el yoga saludando al sol con los pies mirando al cielo y las flores de Bach, y en otros casos, mujeres también de buen nivel económico ajenas al esoterismo y a las magufadas, pero que su prioridad es la comodidad de una cama llena de cojines, olor a Lavanda o una bañera para alumbrar en el agua, lo que podría denominarse "parto SPA", frente a ir a un hospital con todos los medios posibles por si el nacimiento se complica. Pero prefieren asumir el riesgo y creer que todo va a salir bien porque lo dicen unas ecografías normales, una taza de Mr. Wonderful y la bola de cristal del día antes de romper aguas.

Muchas de las afines al parto en casa argumentan esta preferencia como una forma de rebelarse a la violencia obstétrica ejercida por algunos sanitarios. Se manifiestan frente a situaciones de mala praxis médica en el proceso del embarazo hasta parir, renunciando a la asistencia sanitaria completa que pudieran requerir madre o neonato en caso de que algo se complicase, lo cual es equiparable a tener una avería en el horno y ponerse a desmontar la puerta del microondas. Algunas voces reclaman que se puedan realizar los partos en casa como en otros países desarrollados, donde estos son monitorizados, con profesionales médicos asistiendo y la familia mirando, asumiendo la posibilidad subsanable de que algo falle.

En una crítica personal a este sistema en redes sociales, una señora con una teta gigante hinchable en su foto de perfil hizo saber su preferencia "natural" tras una mala experiencia dando a luz en el hospital por una supuesta negligencia. No se le ocurrió ir a la oficina de quejas y reclamaciones del propio centro sanitario o a un abogado si la ocasión lo merecía: "Es que si no hubiese violencia obstétrica no habrían vuelto los partos en casa", comentó. Otra mujer presentada en su perfil como abogada, experta en género y sanadora de úteros que vende terapias para relajar el aparato reproductor meditando, hizo una incursión en los comentarios argumentando que "parir en casa es parir como a cada mujer le salga del coño sin tener que aguantar a las listas y listos que vengan a decirles lo que tienen que hacer con su órgano reproductor" —las faltas ortográficas han sido editadas para esta publicación—. Consideran que la vida de los bebés les pertenece hasta el punto de poder poner su supervivencia en riesgo por capricho y valoración subjetiva no profesional. Pero el fruto está maduro, que el Señor lo bendiga.

No cabe duda y es absurdo discutir que, ante cualquier infortunio, los mejores medios están en los hospitales, y públicos, para más señas. No todos los hospitales privados cuentan con UCIs para niños, salvo en los que paren las infantas y con la suscripción premium, nada de seguros para pobres de 50 euros al mes, cuando en los hospitales públicos existe en casi todos este servicio. Realiza su aporte un policía de Madrid con una anécdota para asistir a un recién nacido: "un bebé nació con problemas en un privado sin UCI pediátrica y tuvimos que intervenir para el traslado a un hospital público cortando varias calles para desplazarlo de uno a otro. Necesitaban velocidad baja constante para poder seguir trabajando dentro de la ambulancia y no parar en ningún cruce". Elegir el feng shui de la sanidad privada frente a la cobertura pública, también conlleva estos riesgos de nuevos ricos.

Volviendo la vista atrás a los tiempos de nuestras antepasadas, Paz (Asturias) comparte la experiencia de su madre pariendo en casa en nuestra España de los años 50: "me decía que eran unos partos horribles, que con el mío fue horroroso, no dilataba, la piel le rompía y las comadronas, como bestias pardas, le saltaban encima. Cuando tuvo a mi hermana pequeña, la séptima hija, ya por fin en el hospital, dijo que fue el parto más maravilloso y sin el dolor que vivió en casa". Si bien es cierto que hoy en día la programación de un parto en casa cuenta con más medios, en el mejor de los casos, con la embarazada optando por una comadrona en vez de una doula cuya labor es apretar la mano, recitar mantras y luego fregar el suelo y poco más, sigue sin existir motivo de peso en cuanto a la seguridad del parto, que desequilibre la balanza a favor de la opción de parir en la cama rodeada de cojines, por mucho quirófano o UCI que improvisen en la cómoda de la habitación o en el trastero, frente a acudir a un hospital donde la asistencia ante cualquier incidencia es instantánea. Las UCIs pediátricas no se inventaron para jugar a los Lego.

Álvaro cuenta la experiencia de su abuela en los años 60 con el parto de una hija —su tía—, prematura a los seis meses, en un pueblo de León, a la que, al nacer, consiguió sacar adelante en una caja zapatos con botellas de agua caliente para mantener la temperatura: "era una incubadora natural, como cuando las gallinas dan calor a los polluelos, todo este proceso aconsejado por un médico rural. Hoy mi tía goza de buena salud, a sus 57 años, con los achaques típicos de la edad".

Una defensora de la libertad de elección del parto en casa como en el medievo, compara esta situación de riesgo con el bricolaje amateur en casa porque te puedes electrocutar y razón no le falta, claro: "Pero bueno, que si hay que prohibir los partos en casa, que se prohíban. A mí me la trae floja. Pero cuidado que mañana pueden prohibir cambiar un enchufe en tu casa si no eres profesional, no vaya a ser que te electrocutes".

El clan magufo de los partos, desde su posición de privilegio, suele cobijarse bajo la bandera de un feminismo cumbayá, del yoga místico y la menstruación consciente, la meditación y los potingues mágicos, que suele ir alineada con el movimiento antivacunas, antimedicina, anticiencia y antisentido común, con habitaciones llenas de Budas, incienso, música de pájaros y estampas que recuerdan al mediático vendehúmos esotérico Paco Porras con un collar de perejil. La contraposición de lo natural, como hace trescientos años, frente a lo científico, amparadas en una libertad caprichosa que ya quisiera disponer de ella una africana en un campo de refugiados donde Cristo perdió la zapatilla, y poder elegir entre parir en la choza o en un hospital. Pero de parturientas desagradecidas, caprichosas y carentes de razón, está el “primer mundo” lleno.

"Te van a poner a parir", me comenta Paz, para lo cual he recurrido al medio anticonceptivo más seguro: los preservativos.

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