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El sorprendente mapa provincial que Napoleón quería para España en 1810

En 1810 Napoleón se disponía a gobernar el país y rediseñó por completo las fronteras provinciales que hoy conocemos con la ayuda de José María de Lanz y de Zaldívar.

El mapa provincial que Napoleón quería para España en 1810

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¿Tenía sentido? Más allá del chiste, depende a quién preguntes. Habrá quienes respondan con firmeza que las fronteras actuales deben representar o respetar las líneas políticas y culturales del ayer. Y habrá quien opine que el pasado es irrelevante: puedes crear una región virtualmente donde quieras.

Napoleón era de los segundos. Su firme convencimiento requería de provincias racionales, manejables, lógicas y funcionales. Para ello, la revolución destruyó los reinos y señoríos del Antiguo Régimen y dibujó una Francia sólida, homogénea y estandarizada que, más o menos, aún dura hoy. Tal y como recoge Xataka, el diseño corrió a cargo de José María de Lanz y de Zaldívar, que se inspiró en la división administrativa de Francia. La idea era aprovechar los accidentes naturales e intentar que cada provincia tuviera aproximadamente el mismo tamaño.

Como quiera que Napoleón llevó sus ideas post-revolucionarias a los cuatro rincones de Europa, España también quedó influenciada por el pensamiento francés. Y en el temprano 1810, cuando José I aún era monarca español y la administración afrancesada se disponía a gobernar el país, se vio sometida a un intenso proceso de reprovincialización. Dicho de otro modo: el gobierno napoleónico rediseñó por completo las fronteras provinciales que hoy conocemos.

Lanz acabó con los nombres históricos y quiso que cada provincia llevara el nombre del río o los ríos dominantes. Así, estaban Ebro y Jalón, Guadalquivir Bajo, Duero y Pisuerga, Segura o Miño Alto. Además, se establecían nuevas capitales no necesariamente tradicionales: localidades como Astorga, La Carolina, Ciudad Rodrigo o Jerez se convertían en capitales de provincia. El problema es que este método ignoraba realidades históricas y se tomaban decisiones como dividir Zaragoza en dos provincias.

El resultado era un mapa muy fino, muy racional y muy fruto de la supuesta modernidad post-Antiguo Régimen, pero también poco práctico, en tanto que delimitaba de forma absurda regiones que estaban conectadas por su sino geográfico más allá de que hubiera un río ejerciendo de limes. Lanz diseñó un mapa de la nada en el que una tercera parte de las fronteras eran ríos, lo que ignoraba las realidades económicas, sociales y culturales sobre el terreno. Racional, sí, pero absurdo. Finalmente, el fin de la ocupación francesa acabó con este esquema y en 1833 se adoptaría uno ya muy parecido al actual.

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