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El lado más mamarracho de un festival aéreo español

Becaria nos cuenta su experiencia visitando el Festival Aéreo de Gijón.

La bahía de San Lorenzo acoge el XXV Festival Aéreo de Gijón

La bahía de San Lorenzo acoge el XXV Festival Aéreo de Gijón EFE/ Eloy Alonso

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Huele a España rancia y a sentimiento nacional trasnochado. Estoy inmiscuida en el Festival Aéreo de Gijón y parece el día internacional de los trapos rojos y amarillos. ¡Cuánto colorido! Qué ganas tenía de volver a poner mi tolerancia a prueba. Esta fiesta, como cada año, consiste en apestar el cielo con aviones y helicópteros de los Cuerpos de Seguridad del Estado y de las Fuerzas Armadas, lo que vienen siendo, estos últimos, aviones de guerra que hacen un ruido ensordecedor, que consumen combustible y contaminan como si no hubiera mañana, pero luego el problema con nuestros presupuestos y ecologismo según quienes tienen el carnet de buenos españoles, es que Irene Montero fue a Nueva York en el Falcon. Bueno, que no me quiero desviar.

Aquí sigo. Observo que en la playa San Lorenzo, donde se celebra este sarao de los pájaros de latón, está prohibido hundir las huchas en el mar, supongo que por si se cae un avión al agua y tiene que salir todo el mundo corriendo. El trabajo del equipo de salvamento lidiando con mentecatos en esta mañana de exaltación nacional, no está pagado. En la gran ciudad de Gijón debemos aspirar a ser algo más que el colchón de las marmotas sobre la arena en verano. Me río sola observando el panorama.

A mi derecha en el paseo marítimo, tengo un stand de adminículos de España, las fuerzas armadas, la UME, pins con avioncitos y llaveros importados de China. Hay un montón de señores hacinados esperando su turno para llevarse un souvenir de la Armada Española del mercadillo. Disfruto viendo cómo a esta gente le gusta más la bandera rojigualda que a un tonto un lápiz, me recuerdan a mí cuando me pierdo en un sexshop lleno de rabos y vibradores de clítoris por todas partes, pero merecen saber que en AliExpress tienen toda esa morralla amarilla y roja por un euro, y a veces también viene en avión. El efecto contagio es muy potente y hace cinco minutos he estado a punto de comprarme una gorra de una de las patrullas aéreas para elaborarme un outfit de "tonta del pueblo". Allá donde fueres, haz lo que vieres. Menos mal que he recapacitado a tiempo.

En fin, qué molestas son estas máquinas de guerra; hacen un ruido angustioso y me cuesta concebir que aquí su uso sea lúdico, para el entretenimiento del pueblo llano. No veo a ningún refugiado ucraniano entre el público, mira que es raro. Y qué ironía cuando levanto la vista del móvil y veo que están dibujando corazones en el cielo con el humo. ¡Corazones con el humo! La gente aplaude y agita cada poco sus banderines como si estuviese pasando Fernando Alonso con un coche que por fin funciona. "¿Qué me estaré perdiendo?", me pregunto mientras me fijo en la cantidad de niños que hay con globos fálicos de España en vez de con Bob Esponja o la Patrulla Canina, lo que viene siendo un adoctrinamiento desde bien abajo como cuando en los colegios tenían a Paco el monórquido presidiendo los aularios.

Huele a fachita y a nabo de legionario jubilado, no vamos a negar la evidencia. ¿Dónde está toda esta gente el resto del año? La atmósfera va cargada de gaviotas asustadas y de olores corporales diversos, y deberían saber estos caballeros de pantalones verdes y berenjena con tanto mundo, que el Varon Dandy para un día de treinta grados nunca fue buena idea, es de primero de perfumería e higiene. El "Viva España" se oye a los comandantes de las naves, al speaker y a los mamarrachos de la grada en el asfalto. Por un momento parece un concurso de a ver qué tonto del pueblo es más español. Se me ponen los pelillos del brazo derecho como escarpias, pero en vez de ponerlo en alto, me acaricio y lo escondo.

Hace un rato tomando un café, leía en un medio local que Xixón está en el puesto 15 de las ciudades más contaminadas y que los coches están obligados a llevar una pegatina medioambiental según su capacidad para apestar, por lo que este show de los corazones con humo en el cielo es reírse a la cara de todo el pueblo, pero parece que todo depende de las gafas de culo de vaso con que se mire. Aunque no niego que yo también me estoy riendo bastante. Mucho sombrero de paja y más pajas mentales, flipados vestidos de camuflaje y con indumentaria de la Legión combinada con camiseta de los Rolling Stone, gorras del mercadillo, acrobacias en el aire impresionantes a la par que innecesarias, aviones de guerra en el cielo y españolidad made in China. Menudo bazar al aire libre.

Parece que los últimos pájaros de la exhibición han intentado usar el cielo de lienzo para pintar la bandera de España, pero ha salido el humo gris. Historia triste y fin de la cita.

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