La primera noticia de alguien montando la fiesta en su balcón nos llegaba desde Italia hace algo más de una semana, cuando todo la crisis del coronavirus comenzaba en nuestro país y en aquel ya estaban siendo golpeados por la enfermedad. Los italianos dieron desde sus casas una lección de la que tomaron nota un montón de confinados en España.

 

En estos días ha habido un montón de ejemplos del ingenio, ternura, solidaridad y buen rollo que reina (con algunas excepciones) en las ventanas por las noches. Ayer nos enteramos de la última genialidad de un vecino: reproducir el momento culminante de Freddie Mercury en Wembley haciendo partícipes a los habitantes de otros edificios.

 

El espíritu festivo de aquel multitudinario concierto se ha trasladado a las calles de la Coruña, con la voz del cantante de Queen como hilo conductor de una conversación entre edificios, que respondían a los juegos que hacía el cantante con el público durante su concierto más famoso, el Live Aid de 1985. Hace solo dos semanas, esto de que los vecinos salieran a sus ventanas para participar en algo así era una situación impensable.

 

Lo de presumir de lo bien que canta el que vive al lado tuyo, elogiar por redes sociales su habilidad al trombón y escuchar atentamente cómo afina esa persona que vemos en el ascensor y ni sabemos cómo se llama es algo completamente nuevo, un espíritu vecinal muy beneficioso para la convivencia y del que no había noticias hasta que llegó la cuarentena.

 

A ver, que como todo habrá que tomar la justa medida. La virtud está en el punto medio, y hay que pensar que no a todo el mundo le tiene por qué gustar ese tema de las fiestas de tu pueblo sonando a todo lo que dan los altavoces.

 

Si llegamos a controlar el volumen, las horas y las duraciones de estos eventos vecinales, puede que sea una costumbre que no querremos que se vaya de nuestras rutinas. Pero tener a unos vecinos fiesteros que no controlan… eso no, por favor.