ADICTOS AL MIEDO

¿Por qué nos gusta pasar miedo? La ciencia detrás de las películas de terror

Pagar una entrada de cine para sufrir taquicardias, sudoración y sobresaltos parece, a priori, un comportamiento irracional. Sin embargo, el género de terror cuenta con una de las audiencias más fieles del mundo. La explicación se encuentra en una compleja respuesta química del cerebro que transforma el miedo controlado en una experiencia placentera.

Imagen de una mujer asustada

Imagen de una mujer asustadaPixabay

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El miedo es una emoción primaria diseñada para la supervivencia. Cuando nos sentimos amenazados, el cerebro activa el sistema de "lucha o huida", inundando el torrente sanguíneo de adrenalina, cortisol y dopamina. En una situación de peligro real, estas sustancias nos preparan para actuar. En la butaca de un cine, sin embargo, nuestro cerebro consciente sabe que no hay un riesgo real, lo que permite que disfrutemos de la intensidad física de la respuesta sin el trauma del peligro.

Este fenómeno se conoce como "transferencia de excitación". Al finalizar la película y darnos cuenta de que estamos a salvo, el cuerpo experimenta una liberación masiva de endorfinas. La tensión acumulada se transforma en una sensación de euforia y alivio similar a la que se siente tras bajar de una montaña rusa. Es, en esencia, una forma segura de experimentar emociones extremas que la vida cotidiana, por suerte, no nos ofrece de forma habitual.

Además, el cine de terror cumple una función social y psicológica. Algunos expertos sugieren que estas películas actúan como un entrenamiento emocional. Nos permiten enfrentarnos a nuestros temores más profundos (la muerte, lo desconocido, la pérdida de control) desde un entorno controlado. Ver una película de miedo en grupo también refuerza los lazos sociales; compartir una experiencia estresante con otros crea una sensación de camaradería y protección mutua muy potente.

Curiosamente, no todo el mundo disfruta de la misma forma. Las personas con una mayor apertura a la experiencia o aquellas que buscan sensaciones fuertes tienden a ser más aficionadas al género. Por el contrario, quienes tienen una alta sensibilidad a los estímulos pueden encontrar la experiencia abrumadora y desagradable. En cualquier caso, el éxito del terror demuestra que, a veces, la mejor forma de sentirnos vivos es asomarnos un poco, solo un poco, al abismo.

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